10 de septiembre de 2018

Sueño de una tarde de verano

Toda tormenta lleva implícita una calma, toda calma lleva implícita una tormenta, no existe la calma absoluta, ni las tormentas permanentes, o como dicen nuestras madres y abuelas "No hay mal que cien años dure". Este cuadro lo inicié el pasado verano y permaneció en espera, en calma, en silencio un año hasta este verano y tras ser lo que yo sentía que debía ser, no importaba el tiempo de espera que necesitase, supe que lo que estaba esperando era que pasasen algunas tormentas de este último año, confío en que su existencia, su energía, me proporcione un periodo de más calma o al menos de paisajes más claros y la consecución de objetivos más concretos. Si uno de ellos es lograr que a través de esta obra podáis sumergiros en un mar de calma me doy por satisfecha. Aunque la calma no signifique necesariamente quietud. Pues donde hay una barca también hay implícita la promesa de un viaje, de ida o de retorno, y la que aparece en este cuadro no está amarrada en ningún puerto sino en medio del mar y lista para seguir navegando. 
De nuevo ese mar que siempre me inspira, esta vez absorbiendo y proyectando esa calidez de la luz estival de alguna tarde que precede al silencio del anochecer, y en la mayor parte de los días con sus atardeceres y anocheceres de la estación veraniega hay pocas tormentas, más bien es en ella donde buscamos apaciguarlas. 
Descubro también que este es un paisaje que contiene la memoria de muchos veranos aunque su creación se haya concentrado en dos. Este año me reencontré a su vez con el mar de mi infancia que lucha por mantenerse vivo, me sumergí de nuevo en sus aguas después de no haber podido hacerlo los tres últimos años. Miró este cuadro y soy consciente de que como le ocurre a algunas de mis últimas obras evocan una ensoñación y en torno a esta visión surge un subtitulo para él. . . .


Después de la tormenta
. . . . sueño de una tarde de verano
Acrílico sobre lienzo, 60 x 40 cm



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